Hola!

Soy Laura y amo cocinar…

Vengo de una familia donde se rendía un culto a la buena mesa. Las ocasiones especiales se diferenciaban de los días comunes por un mantel diferente, una comida nueva y la ceremonia de mamá y papá encerrados en la cocina para sorprendernos más tarde con un sabor desconocido. Me llenaba de curiosidad esperarlos y disfrutaba enormemente las explicaciones de papá, hechas cuento.

Siempre me gustó meterme e indagar mientras mamá o mis abuelas cocinaba. Pero la primera vez que tuve una cocina para mí sola fue a los once años, cuando mamá tenía que viajar a diario a casa de mi abuela Margarita. Pobre papá, lo recuerdo haciendo una pausa en su consultorio y comiéndose mi primera torta quemada con cara de felicidad. Y a mi padrino, el “Dr. Saleg” curándome mi primer quemadura… Y así fui ganando espacios en la cocina familiar.

Luego me casé con José, compañero de vida desde los dieciséis años. Y adopté a su familia, mucho más grande y bulliciosa que la mía. Absorbí tradiciones, incorporé hábitos, indagué y aprendí.

Y así como con mi familia las celebraciones significaban descubrir nuevos sabores y conocer gastronómicamente algún lugar del mundo, las de la familia de José significaban un regreso a las raíces, una manera de recuperar historia de a pedacitos. Porque se reconstruían recetas originales de la cocina criolla o de la cocina inmigrante y hasta se generaba una competencia entre colectividades que resultaba muy enriquecedora.

La vida me regaló un hermoso grupo de amigos gastronómicos. Y yo, a su vez, entré a la escuela de gastronomía. Fue una experiencia extraordinaria, la creatividad de muchos en función de la percepción de todos. Las vivencias y capacidades de quienes supieron transmitir, la inconmensurable riqueza de quienes supieron captar. Estudiar algo que a uno le apasiona es mucho más fácil y no reconoce límites. Y el mágico descubrimiento de las técnicas, para entender por qué es mejor hacer las cosas de determinada manera, como resaltar un buen producto sin opacarlo con el afán de lucirse. Y deambular entre maestros, encontrar disparadores en cada uno para tus propias inspiraciones…

Muchos de los conceptos con resabios de escuela se contraponían con los de mis amigos o los de mis familiares y se generaban debates interesantísimos. Y yo siempre disfrutando el placer de fundamentar mis conceptos, de probar mis hipótesis. Teoría y práctica. Experiencia y vanguardia. Innovación y respeto por las tradiciones. Un poco de todo. También un servicio de catering “sui generis” durante algún tiempo… El placer de la creación quitándote el sueño, incontables horas de producción, la adrenalina de la entrega y el servicio y por fin, la satisfacción de los resultados…

A lo largo de los años invertí mucho tiempo en todo esto. En bibliografía, en investigación, en degustación, en escuchar, en observar pero sobre todo en practicar. Tuve el privilegio de viajar y probar nuevos sabores, conocer nuevos productos, analizar conductas y usanzas. Mi familia sabe que puedo quedarme horas en un bazar o perderme en un mercado y que si hay algo “raro” en una carta, eso es lo que pediré…

Y mientras tanto, fui disfrutando de reunir, de homenajear, de sorprender, de cocinar algo que el otro deseaba comer. En celebraciones y en lo cotidiano… Y no hubo nunca mejor recompensa que reconocer el placer que un plato elaborado pormí producía en otra persona…

También desarrollé mis preferencias, aquellas que tienen que ver con la cocina liviana, los vegetales frescos, las semillas, frutos secos, el aceite de oliva y los quesos… las presentaciones cuidadas. Me pierdo en los aromas, me invaden los sonidos de la cocina, me identifico con perfumes, me inspiran los productos y me retrotraen determinados sabores… La cocina es absolutamente creativa y terapéutica.

Y de todo esto surgieron una gran cantidad de recetas. Algunas originales, otras heredados y adaptadas. Mi primer cuaderno de cocina lo inicié a los doce años, y nunca me detuve.

Claro que si hoy necesito encontrar una receta que hace mucho no utilizo sé dónde encontrarla, pero me gustaría que perduraran en los hogares de mis hijos y mis sobrinos, que ellos también supieran dónde están. Para hacer lo mismo que hice yo, respetar algunas y agiornar otras…

Por eso se me ocurrió recopilarlas y graficarlas. Para ellos. Para mis hijos Lucía, Carla y Tomás; para mis sobrinos Sol, Victoria, Santiago, Juan y Carolina. Y también, para mis sobrinas del corazón: Florencia, Rocío, Lucía y Agostina.

Ojalá que dentro de muchos años sigan reunidos alrededor de una mesa al menos cada tanto. Pero aún a pesar de distancias y de destinos, cada uno será parte de un hogar que deseo se convierta en núcleo convocante de reuniones, cada uno con sus familias y sus amigos.

Y ahí chicos, no pidan delivery… No hace falta pasar catorce horas seguidas en la cocina ni hacer malabares innovadores. Elijan cosas simples, hay muchísimas, pero hechas con amor y con interés resultan exquisitas. Cocinen en familia, diviértanse durante el proceso porque se nota en el resultado. Cuiden las presentaciones y los detalles del servicio, háganles saber a sus comensales que son bienvenidos. Elijan productos de calidad y en lo posible eviten los industrializados. Inventen! Pero recuerden que intentar y equivocarse es parte de la construcción, aprendan a reírse de sus fracasos…

Aquí van mis recetas. Pero tengan presente que reemplazar u obviar algún ingrediente que no encuentren al alcance de la mano es simple sentido común. Desestructúrense!!

Cocinar para otro es honrarlo, brindarle el alma un poquito. Disfrútenlo!